Dice que la montaña le cambió la vida. “Es el lugar donde me siento plena, donde conecto conmigo misma y eso me da una fortaleza increíble. Es un sentimiento único, que ni siquiera podés compartirlo con muchas personas, porque no lo entienden”, resume. Ese sentimiento fue calando hondo en ella y la “obligó” a perseguir objetivos cada vez más grandes. Sin querer, un día se encontró soñando con subir el Aconcagua. “Pero no tenía las condiciones económicas para hacer algo así. Era un sueño y nada más. Mientras tanto, yo seguía entrenando, hasta que el año pasado me dije ‘ya está’. Hay cosas que necesitás hacerlas porque el cuerpo te las pide; no paran de dar vueltas en tu mente. Son un desafío propio”, relata a LA GACETA Guadalupe Romano. Esta tucumana de 36 años vivió hace poco “la experiencia más liberadora”, que -dice- cambió su vida por completo: pisar la cumbre de la cima más elevada de América.
No fue fácil, resalta. Cuenta la joven que tuvo que sacrificar muchas cosas; sus entrenamientos empezaban diariamente a las cinco y media de la mañana, se interrumpían cuando ella entraba a trabajar y terminaban a la tarde, con alguna salida de biking o trekking por Tucumán. “Entrenaba doble turno, y los fines de semanas ‘tirábamos’ caminatas largas u otras cumbres -cuenta-; fue duro, sobre todo en invierno, porque es difícil levantarte temprano. El objetivo es lo que te motiva y te da fuerzas”. Con la meta en la mira, Guadalupe empezó a comunicarse con guías de la montaña que pudieran acercarla a la cumbre. “Muchos te dicen que el camino está re marcado y que lo podés hacer solo, pero me parecía imprudente. Necesitás estar al lado de un profesional; vos no sabés cómo te puede caer la altura... y menos mal que lo hice así, porque este año hubo muchos accidentados y muertos. La montaña se puso muy técnica por la cantidad de nieve que cayó”, continúa.
La travesía empezó el 7 de febrero; ella, ocho andinistas y tres guías iniciaron el ascenso. “El guía me comentó que ya había un grupo formado, que venía entrenando todo el año, y que me iba a sumar a ellos. Era fuerte entrar a un grupo consolidado, yo del interior... no conocía a nadie. Por suerte pegamos buena onda -reflexiona-; estábamos todos al mismo nivel deportivo. Llegamos ocho de nueve a la cumbre. Y más allá de que nosotros hemos puesto ganas, emoción, dinero, y hemos dejado todo por esto, que hayamos llegado habla muy bien del guía. Normalmente la tasa de éxito es de una cada tres personas”.
Una experiencia de otro mundo
El recorrido fue el mismo que realiza la mayoría de los grupos. Todo empezó en Confluencia a 3.100 msnm, luego se trasladaron hacia Plaza de Mulas (a 4.370 msnm) y, después de algunos días de aclimatamiento, realizaron el ascenso hasta el campamento Nido de Cóndores (a 5.570 msnm). “Ahí llegamos el 11, pensando que el 12 íbamos a ‘tirar’ cumbre, pero había vientos de 80 km/h y una temperatura de -40º. Era imposible subir con esas condiciones. Tuvimos que esperar hasta el 14. ¡Qué mejor que el Día del Amor! A uno mismo, a la montaña... Arrancamos a caminar a las 3 de la mañana y pisamos la cumbre a las 3 de la tarde”, recuerda. “El día previo estaba mal y descompuesta, porque el agua que consumíamos (un litro cada 1.000 metros de altura) tenía muchos minerales. Ya llevaba cinco días así. Hablé con el guía para ver si me quedaba. Pero le dije ‘yo voy a intentar, veamos que pasa’ -cuenta-; cuando hice cumbre, me sentí invencible”.
Fue un desafío duro, repite. El esfuerzo fue grandísimo, porque subieron sin oxígeno. Al llegar a Las Cuevas (una zona a 6.800 msnm), Guadalupe sintió que había llegado al límite. ‘Faltaban 200 metros, pero la distancia era enorme... nunca, en mi vida vi una montaña tan imponente. Pero era tan alto, y tenías tan poco oxígeno, que hacés un paso y tenés que frenar. Se sentía muy denso, pero fue 80% cabeza y 20% físico”, considera.
Un orgullo de pueblo
Según le comentaron, Guadalupe sería la única simoqueña en haber logrado hacer cumbre. Además, sería la tercera mujer tucumana en ascender el Aconcagua, pero, la única en lograr llegar hasta arriba. Es que -admite- no son tantas las mujeres que se animan a este tipo de expediciones; representan, quizá, el 30% de los andinistas. “Es importante que las mujeres vean que pueden hacer esto, y que es una experiencia buenísima -considera-; pero sí, es verdad que tenés que ser fuerte. Quizá por eso no todas se animan. Es muy duro; me ha pasado de estar a 5.500 msnm y tener que salir con 10 grados bajo cero a hacer mis necesidades en una bolsita. No es algo cómodo, pero es parte de la experiencia”.
Hay otra cuestión que quizá “frena”, advierte: los peligros. “Sí, veía en las noticias y me daba miedo, pero un accidente te puede pasar en la calle o en la cumbre. Y en mi mente no estaba esa idea; yo trataba de disfrutar el viaje al máximo, algo que me había costado muchísimo y que quería disfrutar de la mejor manera. Si no hacés las cosas que querés, eso no te va a dejar vivir -considera-; a las limitaciones se las pone uno, o te las quieren poner personas que no tienen sueños. Pero sí podés lograr lo que soñás; y tengo una felicidad enorme, como mujer, y un gran orgullo de poder representar a mi pueblo en algo, que a mis padres los feliciten y que a mi me hayan recibido con tanta alegría”.
Para la cumbre, Guadalupe llevaba un cartel con el nombre de su pago. Y aunque no llegó a fotografiarse con él (tuvieron que realizar rápidamente el descenso, ya que otros compañeros empezaron a sufrir mal de altura), sí llegó a inmortalizarse con otro que reza “Placer Nº10: cumplir sueños”.
“Tengo enumeradas varias cosas que me gustan, como metas. Y la 10 es cumplir sueños; y esto fue, sin duda, un sueño cumplido”, concluye. Pero este -advierte- es sólo el principio.